jueves, 8 de enero de 2026

LA MONA VESTIDA

Reflexión 15/12/08

Una fábula

Una mona fue invitada a una fiesta muy prestigiosa en la parte más exclusiva de la selva. Para ir a esa fiesta, la mona se hizo confeccionar un hermosísimo vestido de seda con adornos exuberantes y costosos. Cuando por fin estuvo listo el vestido, el la víspera de la fiesta, se lo llevó a su casa, se bañó largo rato y se colocó su hermosa adquisición. Como no había espejos en la selva, y haciéndose tarde para ir a la fiesta, la pobre mona no pudo consultar sobre su apariencia sino únicamente a dos buhos que iban retrasados y apurados.

- Oh, Mona, qué hermoso vestido tienes puesto, hace que te veas radiante y llamativa, de seguro vas a causar sensación esta noche- dijo uno de los buhos, y retomó su vuelo.

- No seas ridícula, ese vestido carísimo no te queda, y serás el hazmerreír de todos. Recuerda el dicho que dice que la mona, aunque vestida de seda, mona se queda -dijo el segundo buho, antes de seguir su camino, dejando a la mona en medio del silencio de la soledad.

La mona creía en la inteligencia de los buhos, quienes son los animales más sabios de toda la jungla, y entonces...





¿qué crees que hizo la mona?
¿a quién le hizo caso? ¿por qué?
¿a quién crees que debería hacerle caso? ¿por qué?
¿cuál buho crees que dijo la verdad? ¿porqué crees eso?
¿cómo sabes cuál es la verdad?





Anda... y todavía buscas que te termine la historia? ya deberías haberla terminado tu.


Bueno, debe bastarte con saber que la mona sí fué a la fiesta.

Profesor Elkin.

EL TREN... Y EL RETORNO AL TREN

Reflexión 14/12/08

Una anécdota.

Esta tarde estuve de compras con mi esposa y mi hijo mayor, en un centro comercial cercano a mi residencia. Mi hijo tiene alrededor de 3 años y tres meses, así que está en esa edad en la que se cree el centro del mundo.
Mi esposa quiso hacer una diligencia personal, y yo, para distraer al niño, lo llevé a la zona de juegos. Uno de los juegos favoritos del niño es una especie de trencito de tres vagones que recorre repetidamente un corto trayecto circular de unos 70 a 80 metros. El niño ya había subido antes en esa atracción, así que por experiencia yo sabía que el juego duraba de unos 3 a 4 minutos. Pero esa tarde la joven operaria encargada de atender el juego estaba sola en ese sector del parque y luego de encenderlo se ocupó en otros juegos más. Por esa causa, imagino, ocurrió que el trencito siguiera operando más allá del tiempo reglamentario. Creo que el tiempo se duplicó o incluso se triplicó.
Al comienzo del juego, cuando el tren apenas arrancaba, los niños formaron una algarabía y se despedían de sus padres con ademanes juguetones. Yo sacudía mis manos en señal de despedida hacia mi niño, quien emocionado se reía y hacía lo mismo hacia mi.
A medida que el tiempo iba pasando, la alegría de mi hijo se fue tornando en aburrimiento. Otros niños también se aburrieron, dejaron de gritar, se intentaban levantar de la silla, e incluso empezaron a jalarse los pelos entre ellos.
Casi al final del juego (con el tiempo extendido), el aburrimiento era evidente. Los niños querían bajarse del tren, aunque solo hacía unos minutos querían montarse en él.
Cuando llegó la operaria y detuvo el trencito, los niños parecieron recuperar la alegría mientras se bajaban.


- ¿Te gustó el juego?- le pregunté a mi hijo

- Si - respondió con desenfado.

- ¿Te gustaría repetirlo?

- No. (Pero yo sabía que al día siguiente se iba a querer montar otra vez.)

En ese momento me dí cuenta de que yo también estaba a la espera de bajarme de un tren.
Todos estamos montados en un tren. O si se quiere, todos estamos en este sistema de realidad, en esta "Matrix" o en este "submarino amarillo". O también, todos tenemos un tren al que nos queremos montar. Puede ser un trabajo, una relación afectiva o sexual, un logro académico o profesional. Pero una vez que hemos dado unas vueltas, ya no le encontramos mayor misterio. Nos queremos bajar.

Pero nos bajamos, vaya contrariedad, para querernos subir otra vez.

¿No es así el sexo?
Un amigo profesor me decía: “yo sufro de pereza sexual”. ¿Cómo es eso? Le pregunté. “es que cuando me subo, ya no me quiero bajar”.
Ja ja. Pero ocurre exactamente lo contrario. Cuando me subo (a una relación sexual, a un nuevo trabajo, a una nueva relación), y alcanzo mi deseo (el orgasmo, mi primer sueldo, etc) inmediatamente empiezo a sentir que me quiero bajar. Me quiero bajar para luego querer subirme otra vez, con ganas renovadas.

Yo me pregunto. ¿Por qué queremos volver a experimentar las mismas cosas? Y damos vueltas y vueltas. Y luego nos mareamos, y pedimos bajarnos. Pero cuando estamos abajo, queremos volvernos a subir. Otro sexo, otro trabajo, otra relación. Y todo vuelve a empezar.
¿Qué escapatoria tenemos?

Hay incluso quienes creen que luego de la muerte… todo vuelve a empezar otra vez más, otra vida, otra experiencia.

Pero...

¿Qué ocurrirá en el futuro? Lo mismo que ocurrió en el pasado. Lo que sucedió antes es lo mismo que sucederá en el futuro, no sucederá nada nuevo en esta tierra. Hay personas por ahí que dicen: mira, esta tecnología sí que es una novedad… pero no saben que eso ya existía desde siempre, entre aquellos que nos precedieron: los primeros hombres, de los que no tenemos memoria; porque así como no recordamos a los primeros hombres, los que sean los últimos tampoco serán recordados entre lo que vendrán después… “¡Todas las cosas me tienen harto, más de lo que puedo expresar!”

El último párrafo es una paráfrasis de una porción de los escritos de “El Predicador” (Salomón).Eclesiastés 1: 9-11 y Eclesiastés 1:8 . Para quienes creen que la Biblia es infalible, los escritos de Salomón son piedra de tropiezo... en cambio, entre quienes creen que la Biblia es infalibe, los escritos de Salomón afianzan su fe. (no, no me equivoqué).


Elkin

domingo, 27 de octubre de 2024

EVIL WITHIN

Me preguntaba mi hijo que quién era el Diablo.
Le dije que el mal no es más que una posibilidad, y que está dentro de cada uno de nosotros.
Que el diablo, era la representación del mal que está dentro de toda la humanidad.
No es alguien de "afuera", sino que es alguien de "adentro". 
Que cuando nos amamos a nosotors mismos, también lo estamos amando a él.
Me coligió mi hijo: "entonces, debemos, también, odiarnos a nosotrs mismos?
EeE
En el principio de este cuento, era Namo.
Aunque antes de este cuento hubo muchos Namos, sólo quedó uno. 

Namo no envejecía.
Namo era Bueno, y Namo era Malo.
Lo más triste, es que Namo estaba solo.
Una complicacion de esto era la aburrición.
Namo no podía jugar con nadie, y no había nadie que jugara con él.
Namo no podía compararse con nada, y todas las cosas eran sólo para él.
Esto era realmente aburrido.

Por eso Namo era el más alto, pero también el más bajo.
Namo era el más blanco, pero también el más negro.
Cuando corría, él era el más rápido, pero también el más lento.
Él era el más bueno, pero también era el más malo.
Así que Namo hablaba continuamente consigo mismo, y se contaba historias para no aburrirse.
Pero era inevitable aburrirse.

Como Namo era muuy inteligente, y tenía muucho tiempo, se dedicó a crear un muñeco muuy parecido a él, y le metió una computadora muy complicada en su cabeza, para pudiera moverse y hacer cosas.  Le puso una cara como la de él, le puso cabello como el de él, le hizo una altura como la de él, le hizo piernas y brazos como los de él, y hasta el color de la piel y de los ojos eran como los de él.

Entonces se dijo: hice otro "Namo". Es igualitikco a mí. ¡Y se sintió muy bien!

Claro, que le tenía que meter en la computadora todo lo que debía hacer, y el muñeco hacía lo que Namo quisera. Eso se llama "programar". Pero después de "programar", Namo jugaba a olvidar lo que le había programado, para fingir que el muñeco era realmente otro.

¡Ahora Namo podía hablar con otro y no sólo consigo mismo!. Por eso, al comienzo, le llamó "el Otro".

Namo le enseñó al Otro a hacer la cama, a barrer el piso, a hacer huevos fritos y a cantar musica hermosa, de las que le gustaban a él. (Namo no le enseñó sino que le "programó" esas actividades, pero a él le gustaba pensar que le había enseñado, como cuando uno le enseña a un hermanito pequeñito). 
Y el Otro siempre hacía su cama después de la de Namo, barría el piso después de que Namo se levantaba y preparaba huevos para el desayuno mientras cantaba una de las canciones favoritas de Namo, mientras Namo esperaba recostado en un sofá.

A Namo le gustaba pensar que Otro era feliz, pero el Otro nunca se preguntaba eso, pues ni siquiera conocía el significado de la palabra "felicidad".

Así estuvieron durante un tiempo. 

Sin embargo, después de un tiempo, Namo se aburrió otra vez, porque el otro pensaba igualitico a él, y era muy difícil mantener una conversación.


- El agua bien fría sabe mejor - decía Namo
- Así es- respondía el Otro.

- Quiero bañarme en la playa -decía Namo
- Yo también - respondía el Otro.

- A mí me gusta mucho la carne asada
- A mí también - respondía el Otro.

- "Me gusta jugar al ajedrez" decía Namo
- A mí también - respondía el otro.

- Yo Soy Namo, le dijo Namo
- Yo también -respondió el Otro.

A Namo no le gustó mucho que ambos se llamaran igual, así que le puso al Otro el nombre de "Nemo".

Durante otro lapso (es decir, un espacio de tiempo), Namo se dedicó a imaginar que Nemo era otra persona: le "enseñó" a jugar Ajedrez (en realidad, en la noche anterior Namo le programaba a Nemo las jugadas para que las hiciera al día siguiente); le contaba unas historias y Nemo le contaba otras (realmente, en la noche anterior Namo le programaba historias en el computador de Nemo para que éste se las contara al día siguiente); jugaban retos de esos de completar canciones (en realidad Namo le programaba en la noche anterior las canciones que iban a cantar al día siguiente), y hasta jugaban a construir castillos y edificios con unas piezas gigantes de lego (en realidad... bueno, ustedes ya entendieron).

Pero al cabo de un tiempo, Namo se agotó y se aburrió de programar Nemo. Ya no disfrutaba jugar al ajedrez con él pues siempre adivinaba las mismas jugadas, y era como repetir una película vieja. Tampoco podía disfrutar las historias porque se sabía los finales, y siempre se sentían igual, así que realmente ahora había dos aburridos: Namo y Nemo. Lo que realmente más le molestaba a Namo de Nemo era que Nemo no podía sentir emocion, sólo repetía burdamente las palabras de Namo, por lo que no podía sentir ira, ni tristeza, ni aburrimiento. A veces Namo quería ser como Nemo y no sentir aburrimiento, ni tristeza, ni enojo, porque no sabía qué hacer con esos sentimientos. 

Un día Namo estaba realmente muy aburrido, y cuando uno está muy aburrido, por mucho tiempo, a veces uno se enoja y no sabe porqué. Ocurrió que Namo estuvo aburrido mucho tiempo, y se enojó mucho sin saber porqué.

Entonces llamó a Nemo, y le empezó a preguntar: Nemo, dime porqué estoy enojado. Nemo le respondió diciendo: yo también estoy enojado. Entonces Namo dijo que Nemo era estúpído, ya que no sabía lo que era estar enojado, pues podía ver que Nemo no tenía ninguna expresión en su rostro. Entonces Namo le dijo: Tú no estas enojado. Entonces Nemo respondió: tú tampoco estas enojado. Esto hizo que Namo se enojara aún más, porque era evidente que él sí estaba enojado: tenía el rostro con el cejo fruncido, los ojos se habían puesto de color rojo, sentía que el corazón le latía más aprisa, y tuvo unas ganas terribles de desquitarse con Nemo.

Entonces ocurrió algo horrible: sin pensar mucho en las consecuencias, Namo tomó un bloque de juguete que estaba en el suelo y se lo arrojó a Nemo. Como Nemo no estaba programado para eso, no esquivó el golpe, y perdió el equilibrio con tan mala suerte, que el pobre muñeco cayó y se golpeó la cabeza con un borde de una escalaera que estaba allí.

La ira de Namo se convirtipó en susto. 

a Nemo cayó le salieron chispas de su cabeza, que era su unidad de procesamiento, aunque parecía una cabeza normal. Como era de esperarse, no hubo sangre ni chichón, pues todos sabemos que era un muñeco, pero algunos cables se torcieron y hubo una especie de corto circuito, púes algo de humo salió y olía a cables quemados.

Namo estaba muy arrepentido de haberse enojado y de haber dañado a su muñeco. 

Cuando Namo se tranquilizó, su ira y su miedo se transformaron en pesar y tristeza. Sintió dolor por haber averiado a su muñeco, pues aunque estaba muy aburrido, pensaba, estar solo podría ser mucho peor. "Ahora tendré que arreglarlo, o hacerme otro muñeco", pensó para sí mismo.

Pero al cabo de un rato, para su sorpresa, Nemo se levantó. "Vaya, qué suerte", pensó, "Después de todo, no tendré que empezar de nuevo, sólo haré unas cuantas reparaciones".

"Nemo, siéntate y espera que te arregle" le dijo. Pero Nemo no se sentó. Namo pensó que tenía roto algún circuito del oído o de la obediencia. "Lo arreglaré mejor mañana", se dijo, y un poco ya más tranquilo de su enojo, se fue a dormir, pues ya era tarde.

Al día siguiente, cuando Namo se levantó, notó que Nemo ya se había levantado y había hecho su cama. También notó que no había hecho el desayuno, y que no estaba cantando ninguna música.

Pero más tarde lo que le hizo pensar a Namo que Nemo estaba realmente averiado fue que cuando le pidió que cantara, Nemo empezó a interpretar una horrible melodía que mezclaba desordenadamente diversas partes de las canciones que Namo le había programado. También notó que Nemo caminaba un poco dirferente, y no seguía con perfeccion la forma de caminar de Namo, como antes lo hacía.

Namo le dijo a Nemo: estas averiado, y debo repararte. Voy a dejarte como antes.

Hubo un silencio, y luego Nemo dijo: "No quiero ser como antes".

Namo se sorprendió. Nunca le había enseñado a Nemo a dar esa respuesta. 
Entonces quiso averiguar qué otros "circuitos" estaban dañados, y empezó a decir cosas para ver qué respondía Nemo:

- El agua bien fría sabe mejor- dijo Namo.
- Me parece mejor el agua tibia - respondió Nemo.

- Quiero bañarme en la playa- dijo Namo
- No me gusta bañarme en absoluto - respondió Nemo.

- A mí me gusta mucho la carne asada
- Prefiero las verduras- respondió Nemo.

- Me gusta el Ajedrez- dijo Namo
- Me gusta jugar con la pelota - respondió Nemo

- Yo Soy Namo, le dijo Namo
- Yo No Soy Namo, Soy Nemo -respondió el otro.

Namo se sorprendió. 

Se dio cuenta de que Nemo tenía respuestas que él no había programado. 

Entonces Namo le puso a Nemo una prueba muy grande: le contó un pedazo de historia (de esas que se contaban antes ghasta el cansancio) y le pidió que la completara. 
¡Para su sorpresa, Nemo inventó un final diferente!

Namo se sorprendió aún más. 

Se dio cuenta de que Nemo tenía respuestas que él no había programado. Eran respuestas propias.
¡Probablemente no tenía que programarlo más!. 

Ésto lo animó muchísimo, porque le parecía asombroso, al fín, poder hablar con alguien que fuera realmente "OTRO". 
Muchas ideas y planes se vinieron súbitamente a su mente, cosas que podría hacer con las nuevas capacidades de Nemo, como hacer nuevas canciones, jugar a las carreras en el campo, jugar a esconder y encontrar cosas en la casa, y entre todas, la que más le gustó fue: "ahora tengo con quien jugar de verdad al ajedrez". 

Pero luego tuvo otra idea que no le gustó mucho, y fue "¿Y si me gana en el ajedrez?".

Luego Namo quiso seguir hablando con Nemo como cuando uno conoce a un nuevo amigo. Le preguntaba una y mil cosas. Que cuál era su color favorito, que cómo le parecía la mañana, que cuál juego le parecía más dificil, etcétera etcétera. 

Pero cuando le preguntó que cómo se sentía, tuvo realmente miedo de la respuesta, porque Nemo le contestó:

"Estoy enojado contigo". Y entonces se agachó a recoger el bloque de lego con el que Namo le había golpeado, y la levantó con intención de golpear a Namo, pero éste le gritó: ¡"detente"! 

Nemo se detuvo, pero le preguntó "¿Porqué?"

Namo le dijo que no podía golpearlo, que se lo prohibía. Pero dentro de sí, Namo sabía que ahora no le podía prohibir nada, porque Nemo no tenía la programacion de la obediencia como antes.

Entonces Nemo le dijo: "Cuando tú te enojaste me golpeaste, ahora yo estoy enojado y debo golpearte". 

Namo entonces le dijo "eso está mal, no debes golpearme ni hacerme daño".

Nemo preguntó "¿Por qué está mal?" y Namo quiso decir "porque lo digo Yo", así como hacen algunas veces los papás, pero entendió que Nemo nunca podría ajustarse a esa explicación. Así que le dijo:

"Si me golpeas, no podremos jugar a la pelota". Entonces Nemo bajó el brazo. 

A partir de ahí, Namo tuvo miedo de que Nemo le hiciera algún daño, y pensó para sí mismo que durante la noche, mientras Nemo estuviera dormido, iba a desactivarlo. 
Pero luego recordó que Nemo no dormía, sino que fingía dormir. Y que, además, si lo desactivaba, volvería a quedar sólo y aburrido. Así que decidió no hacerlo.

En lugar de eso, Namo decidió dejar de considerar a Nemo como un muñeco, y a tratarlo como a un amigo, o a un hermanito menor a quien había que enseñarle todo. 

Y cada mañana, Namo dedicaba un rato para enseñarle a Nemo a diferenciar las cosas buenas de las cosas malas. Y le decía que había que ser bueno. 

Al principio se aseguró de enseñarle que todo lo que le hacía daño a Namo era malo, 
así que: tirarle cosas, o golpearlo, o empujarlo, era malo. 
Y que todo lo que le hacía bien a Namo era bueno, es decir: hacerle el desayuno, jugar con él, dejarle ganar algunas partidas de ajedrez, hacer el aseo y un pocotón de cosas más. 
(Resultaba realmente agotador enseñarle tantas cosas, pero eran muy importantes todas ellas).
  
Luego, le enseñó tambien otras cosas que eran buenas para Nemo, como: amarrarse los cordones, hacerse un buen aseo de sus circuitos, engrasar periodicamente (es decir, cada cierto tiempo) algunas partes de su cuerpo, hacer nuevas melodías y obedecer a Namo en todo lo que le dijera (aunque ya no estaba programado para obedecer automáticamente a Namo, Nemo tenía que aprender que era bueno hacerlo de manera voluntaria). 

Así pasaron un buen tiempo, y cada vez Namo iba conociendo más a Nemo, y Nemo iba conociendo más a Namo. (a Namo le parecía que era bueno que Nemo tuviera una super-memoria de computadora, porque aunque a veces a Namo se le olvidara algo, Nemo nunca olvidaba ningun detalle, por mínimo que pareciera). 

Llegó un momento en el que Namo le enseñó a Nemo una "gran verdad": le dijo que él era un muñeco, y que podía ser desconectado. Pero también le enseñó cómo evitar ser desconectado. 

Desde ese momento Namo supo que ya nunca podría apagar a Nemo, y aunque ya no quería hacerlo, en el fondo, Namo siempre sentía un poco de miedo de que Nemo pudiera hacerle algún daño. 

Así que le tocó aprender a vivir con el miedo. Porque convivir con otro siempre implica un riesgo.

Pensó: "El miedo hace mi vida menos aburrida". 

FIN

lunes, 13 de abril de 2020

SI TODO ESTO ES UNA REALIDAD VIRTUAL...

Si todo esto es una realidad creada, hay un creador. Estamos dentro de unos limites que no podemos percibir, como el mito de la caverna. Pero ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia? 1Cor 4:9 da pistas... ¿Somos un espectáculo? No me refiero a lo "espectacular"de nuestras vidas, sino a que estamos siendo "observados" por un público.
¿Pero cuál es el rol que "jugamos"? Me asusta que nos domine un dios como el que animó a Arjuna a emprender la gran guerra...

miércoles, 12 de julio de 2017

AUTOCONOCIMIENTO



He estado viendo el documental sobre el Evangelio Gnóstico de Tomás.
https://www.youtube.com/watch?v=odAH1rlQwBg
En un momento del vídeo el narrador hace mención de que el movimiento cristiano primitivo era "gnóstico", o sea, que buscaba el conocimiento. Y hablan sobre el conocimiento de "sí mismo" para llegar a la verdad. Se armó un foro entre los espectadores del vídeo, y yo participé con la siguiente reflexión:
El "Autoconocimiento" es darse cuenta de la verdad... con las consecuencias de saber la verdad. Es el fin del misterio, la conclusión, la revelación, el final de la búsqueda.
Si crees que lo deseas, contempla esta situación: si te ofrecieran una magnífica cena, una comida "de verdad", la mejor que jamás hayas probado que te satisfará eternamente, ¿La comerías?. Luego de comerla ya no tendrás hambre nunca jamás, será una nutrición perfecta, es decir, no necesitarás comer nunca más. Todos los manjares que existen o existirán jamás serán para ti. Ya no los desearás. ¿Estarás dispuesto a abandonar el placer de la comida? Y si me dices que "si", porque eres de los que no disfruta comer, reemplaza la cena con una bebida, una visión, una persona amada, o cualquier otra "cosa" que te procure placer.
El autoconocimiento implica llegar a la verdad, y para ello se necesita el aborrecimiento absoluto de lo que es esta vida, porque ella NO es verdad. Cuando digo aborrecer la vida, no me refiero a abandonar las dificultades, los sufrimientos, o aquello que consideramos injusto. Eso sería un suicidio. Me refiero a abandonar aquello que amamos. Incluso nosotros mismos.
Creo que es un camino muy dificil. No se puede hacer sólo desde las fuerzas humanas. Si hay una verdad fuera de nuestra "esfera", es imposible llegar allá sin al ayuda de quienes estén "allá". ¿Me puedo conocer a mí mismo, por mí mismo? o ¿Es necesario que "otro" me muestre a mí mismo?. Me recuerda la parábola del león joven http://www.rincondeldo.com/el-leon-y-la-oveja/

martes, 1 de abril de 2014

LA RESISTENCIA A LA INNOVACIÓN PEDAGÓGICA

LA RESISTENCIA A LA INNOVACIÓN PEDAGÓGICA
Por: Elkin Márquez Fernández[1]
Como tutor del Programa Todos a Aprender, he tenido que visitar varias instituciones de Santa Marta, promoviendo la innovación educativa y la migración de los modelos pedagógicos tradicionalistas, imperantes en las aulas de hoy.  En el transcurso, he aprendido a valorar las reacciones de los profesores frente a estas propuestas.  Aunque son diversas, se pueden ubicar en uno de tres grupos: El primer grupo estaría conformado por quienes acogen las propuestas de innovación o incluso ya las están usando (por lo general son muy pocos y allí están casi todos los docentes más jóvenes). El segundo grupo, por  los que las rechazan de tajo, considerándolas equivocadas, no aplicables, o ineficaces (la mayor parte de este grupo son docentes antiguos o que se sienten con bastante experiencia).  Y un tercer grupo, el más numeroso en algunos casos, conformado por docentes que prefieren hacerse a un lado y no involucrarse en el proceso de innovación y cambio (lo más frecuente es que estos docentes hablen bien del programa, y hasta feliciten y agradezcan al tutor por proponer dichas estrategias, pero a la hora de la verdad no aplican ninguna trasformación real o no se comprometen en  ninguna acción).
Queriendo reflexionar sobre esta situación, me preparé unos datos: indagué por el tiempo de experiencia de cada uno de los docentes pertenecientes a los grupos 1 o 2, en una institución educativa, e hice la respectiva suma. ¡Encontré que el valor del segundo grupo casi cuadruplicaba al del primero! Luego hice un análisis similar en otra institución, y encontré un resultado similar: la experiencia del segundo grupo casi triplicaba a la del primero. ¿Cómo podía interpretar estos resultados? ¿Querría decir que, mientras mayor es la experiencia en la docencia, menor es la capacidad para adoptar nuevos modelos pedagógicos? ¿Estaba frente a una tendencia? De ser así, ¿Estaría yo mismo, al cabo de unas décadas, enfrentándome a la innovación pedagógica y refugiándome en mi sitio de confort?
Obviamente- me consolaba a mí mismo- , no tiene que ser así. Entre los docentes que había observado, existían algunos excepcionales, que a pesar de tener una edad avanzada, eran muy receptivos al cambio. Así que, aunque existiera realmente una tendencia en dichos datos, no tenía por qué ser mi norma. Por lo pronto estaba a salvo.
Sin embargo, al cabo de un rato no me sentí tranquilo descansando la seguridad de mi futuro en una comparación con los excepcionales. Debo reconocerlo, es muy probable que yo no sea un docente excepcional.
Entonces me di cuenta de que necesitaba tener una teoría que me satisficiera, un motivo que diera razón del porqué los profes de edad avanzada se volvían reactivos hacia la trasformación de su profesión. ¿Era una cuestión que venía empaquetada con la edad, así como el cansancio? ¿O había algo más? De ser así, si podía dilucidar alguna razón para la aversión al cambio por parte de los docentes de mayor edad, yo podría comprender a quienes la acogen, y a la vez mantener una distancia prudente pero inteligente y sustentada.
Comencé por escuchar, y por recordar lo que había escuchado, en conversaciones con los docentes del segundo grupo. Lo primero que encontré es que la mayoría de ellos ya han experimentado o participado de varias “revoluciones” educativas a lo largo de su experiencia, sin que su práctica pedagógica haya tenido cambios de fondo, sino sólo de forma, y por ello han interpretado los procesos de innovación como “hacer lo mismo con otras palabras”. A estas alturas ya no le encuentran sentido significativo a esta nueva invitación al “cambio” y prefieren dejar las cosas como están. Para ellos no tiene significado la innovación, y sienten que su deliberada negación está justificada por la honestidad, la franqueza, y la necesidad de ser coherentes consigo mismos.  Si este es el caso, me dije, se necesita mayor profundización en la comprensión de los fundamentos pedagógicos, y si los tutores no acompañamos consistentemente ese esfuerzo, el trabajo será superficial y la confianza de los docentes que ahora están en el grupo 1 se irá erosionando con el tiempo.
Seguí escuchando, y encontré que hay otros, quienes sí han profundizado en la transformación pedagógica con sinceridad, pero que sienten que tras muchos intentos los resultados no compensan el esfuerzo, y se han llenado de escepticismo frente a nuevos cambios. Aunque comprensible, esa no es razón suficiente. El ensayo y error es una estrategia válida en el desarrollo de cualquier ciencia. Aceptar ese razonamiento sería equiparable a tolerar que un oncólogo pida que no se ensayen nuevas medicinas contra el cáncer porque a pesar de todo lo probado, aún no se puede curar. Aunque es entendible el cansancio, el derrotismo no puede ser una excusa para hacer prevalecer un modelo anacrónico. 
Pero también escuché, y en esto me acerqué más, a algunos docentes que encuentran que las exigencias de la educación contemporánea son tan numerosas y disímiles, que el proceso de  preparar una simple clase se puede volver tan complejo que conduce a la inacción. La lógica detrás  de esta creencia es que “resulta mejor trabajar como veníamos haciéndolo”, pues es una forma más segura de producir resultados, en lugar de tratar de estudiar, interpretar, analizar, aplicar, evaluar y proponer cada cosa nueva que llega a la escuela. En ese sentido, las innovaciones educativas estaban “estorbando” la normalidad académica, pues no había forma de asimilar una estrategia o modelo nuevo, cuando ya estaba llegando otro que pedía, a su vez, transformación de lo que aún no se estaba terminando de aplicar o evaluar. Ese ciclo de “transformaciones” inconclusas esta, además, atravesado por exigencias de calidad que introducen nuevas responsabilidades para el docente: la convivencia escolar, la educación ambiental, el desarrollo de la ciudadanía y la democracia, y las continuas exigencias de padres y comunidad que no entienden las “innovaciones” que se están tratando de implementar y que piden o reclaman un regreso a la disciplina y academia tradicionales, en la que ellos fueron criados.
Tratando de comprender ese punto de vista, encontré en mi memoria los comentarios que hace algunos años me hiciera un compañero docente, la cual trascribo aquí de manera taxativa:
“Hoy día, para preparar y ejecutar una clase, tienes que tener en cuenta:
a)       El estilo de aprendizaje de los estudiantes. No es lo mismo diseñar una clase para un auditivo que para un kinestésico. Entonces debes identificar a los estudiantes y diseñar al menos tres alternativas didácticas diferentes.
b)       El ritmo de aprendizaje de cada estudiante. Cada uno tiene un ritmo diferente. Por eso el cronograma debe mantener suficiente elasticidad y el currículo la necesaria flexibilidad para poder atender las eventuales dilataciones. Además de tener un plan B y un plan C para los que se adelanten o se retrasen.
c)       Las inteligencias múltiples. El docente debe reconocer y desarrollar las distintas inteligencias de sus estudiantes, al mismo tiempo que procura cumplir con el objetivo formativo de la clase. Esto implica diagnosticar a los estudiantes y diseñar planes de desarrollo según sea su tipo de inteligencia más predominante.
d)       Las capacidades diferentes. Si tienes un muchacho con dislexia, limitación auditiva o visual, debes preparar clases de tal manera que lo tengas incluido en el desarrollo de la misma.
e)       Entre otras condiciones, también debes tener en cuenta el contexto de cada estudiante, sus presaberes, su historia familiar, sus intereses, su proyecto de vida,  etc.”
Concluía el profesor (hoy jubilado) que es mejor el método tradicional. Los profesores preparan una clase y la dictan a todos por igual, y se simplifica el asunto. De esa manera puede dedicarse a hacer bien lo que ya saben hacer bien, y no se complican intentando entender y aplicar modelos nuevos que además, lo más probable, no serán bien percibidos por la comunidad.
Revisando mi propia experiencia, debo reconocer que a estos profesores les acompaña mucha razón en sus argumentos que, volviéndose invisibles y manifestándose en forma de creencias, terminan orientando su quehacer educativo. Esta creencia también podría estar justificando la inacción de los docentes del tercer grupo, quienes posiblemente reconocen la necesidad de un cambio en la práctica pedagógica, pero que entienden el costo que esto implica y deciden no involucrarse “por ahora”, esperando un mejor ambiente o una mejor retribución al riesgo.
Comprendí que, en la actualidad, ser docente implica el desarrollo de muchas y variadas competencias, lo que complica la práctica de tal profesión. Y, además, que el docente deba atender a la singularidad de cada estudiante, parece una carga imposible de llevar, especialmente cuando los cursos de hoy están conformados por hasta 50 de ellos (Algunos docentes pueden tener hasta 20 cursos distintos a su cargo Hagan el cálculo: el solo aprenderse los nombres sería ya una proeza).
En este punto del análisis, estaba casi convencido de mi ineluctable destino: con el tiempo me iré desgastando y mi práctica profesional irá corriéndose lentamente hacia un sitio de confort del que no me querré mover. Eventualmente, en un par de décadas o más, llegará a mi salón un joven profesional del ministerio, indicándome que el futuro ha llegado, que los jóvenes ya no necesitan de lo que yo doy, y que debo transformar mi práctica pedagógica para adecuarme a los nuevos modelos. Y me imaginaba a mí mismo diciéndole: “Pero qué bueno, gracias por venir a decírmelo, yo lo apoyo, no faltaba más, al fin el Ministerio se acuerda de nosotros”, mientras para mis adentros, invocaba el famoso “¡mamola!”. Ahora entiendo mejor al tercer grupo.
Pero si mencioné que estaba “casi” convencido, es porque encontré un motivo para recuperar mi optimismo. Así que borré mis incipientes profecías y comencé a darme cuenta de que sí hay una forma para que los docentes podamos implementar todo eso que los modelos contemporáneos nos piden transformar: atención  al estudiante basada en su singularidad y diferencia, enseñanza y aprendizaje basados en competencias, diseño de educación pertinente y contextualizada, formación en altos valores humanos y cívicos, integración a la sociedad del conocimiento, etcétera.
Y el motivo es éste: las tecnologías.  Si, las nuevas tecnologías no vienen a complicarnos la vida, sino a ayudarnos en la solución. Ahora entiendo mejor cómo muchos docentes se están distanciando de una mejor forma de trabajar, porque no aceptan los nuevos recursos. Ya es tiempo de reconocer que sin las tecnologías no es posible tener una completa educación, o que la educación está ocurriendo por fuera del aula, con el docente o sin él.
No podría entender cómo aplicar el modelo cognitivo del conectivismo[2], por ejemplo, sin el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación. Tampoco puedo entender que pueda atenderse a los estudiantes en sus diferentes ritmos, experiencias, intereses, vocaciones, creencias, en fin, en su singularidad humana, sin la existencia de las comunidades virtuales, de los Ambientes Virtuales de aprendizaje, de los correos electrónicos, de los simuladores, de las bibliotecas-videotecas virtuales, de los programas informáticos para diseñar objetos de aprendizaje, y un amplio etcétera.
Para resumir, no me imagino cómo puede funcionar la pedagogía en el siglo 21, sin que cada docente y cada estudiante tengan como herramienta básica y fundamental un computador conectado a internet, acompañado de una formación adecuada para su correcto uso.
Y ahí es donde está el problema. En los informes que estoy diligenciando para el Programa Todos a Aprender, un indicador que me parece aterrador es el de la Tecnología en las Instituciones que atiendo. Para empezar, ninguna de las instituciones de Santa Marta tiene conectividad, y la proporción de estudiantes por computador ronda los 40/1 , sin mencionar que en la práctica muchos de esos aparatos están “bajo buen resguardo” de los grados inferiores, como si trajeran pegado el aviso “manténganse fuera del alcance de los niños”.
Por otro lado, la mayoría de los docentes trata a la tecnología como una asignatura más, y no las integran dentro de sus competencias. No he tenido el tiempo de hacer una encuesta que lo verifique, pero intuyo que muchos de los docentes que están en los grupos 2 o 3 de los que hablé al principio, no tendrán idea (o la tendrán muy vaga) de lo que es un Ambiente Virtual de Aprendizaje,  tratarán al Facebook como si fuera un problema, y prohibirán el uso de celulares en la escuela (especialmente si tienen internet).
Pero son las tecnología son las que posibilitan que las mejores promesas de la educación se hagan realidad. No hay otra forma. Según anunció uno de los más grandes líderes de la tecnología moderna: “las nuevas tecnologías pueden ofrecer oportunidades sin paralelo para mejorar el ambiente educativo en función de los estudiantes, maestros y administradores. Los alumnos y maestros pueden participar en clases virtuales que expanden el mundo más allá de las fronteras, y explotan los recursos localizados en cualquier tipo de institución conectada a Internet, facilitando la evolución de la educación hacia un proceso más interactivo y participativo para quienes habrán de transformar el mundo con su conocimiento: los estudiantes”[3].
Pero hace parte de una discusión diferente el buscar las razones del por qué la mayoría de los docentes se muestran renuentes a integrar las tecnologías en su cotidianidad profesional, por qué es tan difícil cambiar la cultura organizacional frente a las tecnologías y por qué es más fácil que una Entidad Territorial invierta $150.000 por cada niño en textos, en lugar de invertirlo en tabletas electrónicas.








[1] Elkin Márquez es Ingeniero Industrial, con Especialización en Pedagogía para el Aprendizaje Autónomo, y en Administración de la Informática Educativa. Es docente de matemáticas en el distrito de Santa Marta, y se desempeña como tutor del programa Todos a Aprender del Ministerio de Educación Nacional. Actualmente es estudiante de Maestría en Gestión de la Tecnología Educativa, con la Universidad de Santander.
[2] Conectivismo: Una Teoría del Aprendizaje Para la Era Digital. Disponible en http://www.diegoleal.org/docs/2007/Siemens(2004)-Conectivismo.doc
[3]Cita asignada a Bill Gates, por Marcos Fontela, “El futuro de la educación estará asignado por la tecnología” artículo publicado en línea, recuperado el 01.04.2014 desde http://es.catholic.net/comunicadorescatolicos/579/928/articulo.php?id=17704

domingo, 23 de febrero de 2014

EL ASESINO MÁS PROBABLE

He reflexionado en este asunto:

Les presento dos personajes, uno de ellos es un matarife, o matador: se encarga de sacrificar los animales, probablemente dándoles un golpe en la cabeza, y luego degollándolos -así es como se hace hoy en día, de la manera más piadosa, aunque quizá algunas veces haya decidido matar al animal lentamente-

El otro es un agricultor: siembra semillas, cuida la tierra, cosecha, vuelve a sembrar.

El primero, cría a los animales que luego matará. El segundo, cuida la tierra, la remueve, procura el agua, vigila la cosecha, limpia las malezas, conoce los tiempos de la lluvia.

Estos dos personajes tuvieron una dificultad, y se enfrentaron en una discusión. Fueron solos a un lugar apartado, y presa de un arrebato de ira, uno de los dos asestó un golpe mortal al otro en la cabeza.

La pregunta es: ¿cual de los dos fue el asesino?

¿Verdad que parece improbable que haya sido el agricultor?